Capítulo 14: La Caída

Instituto de la Guerra – Ala Norte
La marea de Invocadores que evitaba a Jax y Gragas parecía aumentar por momentos mientras más y más hechiceros se desplazaban en todas direcciones. Pronto, incluso el gigantón pudo deducir que no estaban yendo solamente “a por unos pocos Campeones”. Intentó decir algo a Jax, pero el Maestro de Armas había apretado el paso y Gragas gruñó, apurándose él también.
Más allá, las poderosas Esferas de Tránsito estaban rodeadas por un muro de Invocadores Guardianes, encapuchados y portando lo que parecían unas alabardas mágicas. Algo en su movimiento y su seguridad le daban a entender a Gragas que no saldrían volando como los noxianos contra los que solía enfrentarse.  Tardó por ello unos segundos en ver que Jax se había detenido, y observaba a quienes se encontraba enfrente.
Liderando a los Invocadores se encontraba Vessaria. Frente a ella se encontraban, esperando, lo que parecía ser todos los Campeones que se encontraban en el Instituto. Desde la inquietante Orianna a la loca Lulu, pasando por Jax y Gragas, la exiliada Riven, a la tranquila Nami... Incluso el colosal Maokai. Sin embargo, había algunas faltas evidentes.
      ¿No te parece que hay algo muy extraño aquí? –preguntó uno de los guardianes de las Esferas al compañero que tenía al lado.
      Sí –su amigo se sorprendió de ver que por una vez, no lo habían tomado como un loco.
      ¿En serio?
      Sí. Hay una mala sensación en el aire. Como si algo terrible estuviera sucediendo o pasara... Que se haya sellado el Instituto no es buen augurio, y que estén aquí casi todos los Campeones, tampoco. ¿Qué puede estar pasando para que incluso ellos no estén a salvo? –las palabras de su amigo hicieron que el otro guardián asintiera, pensativo. Más allá, varios Campeones tenían problemas intentando apaciguar al furibundo Maokai, mientras Jax estaba envuelto en una acalorada discusión con Vessaria con respecto a la seguridad del sitio. Como primer Campeón de la Liga, estaba claro que Jax sabía muchas cosas del Instituto. Y seguro que no le iba a gustar el hecho de que probablemente tendrían que abrir su habitación por motivos de seguridad...
      Oh oh. Prepárate. Están empezando a enfadarse. Y he visto lo que pasa cuando metes en un mismo lugar a Nami, Orianna y Riven... Cómo agradezco haber aprendido los hechizos defensivos.
Más allá, en el centro de la sala, los Campeones aumentaban cada vez más sus tonos de voz. La Exiliada exigía que se le permitiera salir del Instituto, en tanto Orianna quería saber qué enemigo tenía que matar. Lulu estaba peligrosamente cerca de empezar a jugar al escondite, mientras Rammus... Permanecía ahí, quieto. Pero si lo que contaban de él era cierto, la integridad estructural del Instituto podría venirse abajo muy-
      ¡BASTA! –rugió una voz desde la entrada de la sala, acompañada por un bramido brutal, captando la atención de todos los presentes. Nunu, llevado por Willump, lideraba la marcha, seguidos por Taric, Sona, y Soraka. Sorprendentemente, Evelynn también los acompañaba, quedando completamente fuera de lugar en aquel grupo de Campeones, sanadores y defensores. La asesina de piel púrpura dio un rápido vistazo a todos los Campeones presentes, sonriendo al reconocer a la mayoría, antes de quedarse en segundo plano.
      Quisiera preguntar al miembro del Concilio por qué era necesario sellar todas las Salas de Curación, con sus afectados dentro –comenzó Taric, adelantándose con la maza sobre uno de sus hombros. –Si la Hacedora de Viudas no nos hubiera ayudado desde fuera, no podríamos estar aquí antes de...
Lo que estuviera diciendo el Caballero Gema murió cuando una explosión mística brutal se sucedió en alguna parte del Instituto, con la suficiente fuerza como para que en todo el colosal edificio se escuchara claramente. Vessaria rugió, lanzando instrucciones, a la vez que alzó ambas manos, convocando lo que parecía una esfera semicircular sobre toda la Sala. Evelynn enarcó una ceja, acercándose a la barrera y tocándola con una de sus largas uñas... Para ser proyectada hacia atrás varios metros.
      ¡Auch! Creo que me he roto esa uña... –murmuró. Los Invocadores que protegían las Esferas se giraron casi a la vez, comenzando a conjurar sobre estas rápidamente. Muy pronto, los colores de varias Ciudades-Estado comenzaron a sucederse una tras otra en tanto cada Esfera se activaba del todo con su gemela, dispuesta en cualquier otra parte de Valoran, pero unidas por la misma magia.
      La Liga de Leyendas queda detenida por un tiempo sin identificar. Todos aquellos Campeones que permanezcan bajo las paredes del Instituto tienen el derecho a irse donde plazcan, o colaborar con el Concilio –dijo Vessaria a la vez que mantenía el potente hechizo. Varios Campeones se adelantaron para preguntar a qué se refería, pero de pronto, una docena de impactos provocaron que la barrera temblara unos instantes mientras redirigía el grueso de su magia a todo aquel área en particular. Soraka logró observar qué pasaba al otro lado, y lo que vio la horrorizó.
Reconocía aquellos rostros. Reconocía los gestos. Los había visto muchas veces, pero en situaciones completamente distintas. Aproximadamente medio centenar de Invocadores preparaban hechizos contra la barrera. Ninguno de ellos llevaba las togas habituales, o incluso ropajes de mago. Todos presentaban el mismo color... Las ropas de la Sala de Curación. El hecho de que todos sus ojos brillaran con una tonalidad oscura solo marcaba lo evidente. Quien fuera que estuviera utilizando la magia de Nocturne, se dijo Soraka, había decidido pasar al siguiente nivel. Y por muy poderosa que fuera la Voz del Concilio... Cinco decenas de impactos directos eran demasiados como para resistirlos mucho más tiempo.
Entonces, se empezaron a escuchar los cascos. En apenas unos instantes, buena parte de los Invocadores fueron arrollados por la colosal figura que resultaba ser Hecarim, empuñando su inmensa lanza, partiendo humanos como si estos no fueran más que trigo en un campo listo para la cosecha. La oscuridad se prendió en la sala, y los Campeones se miraron entre sí, confusos. Gragas cayó en la cuenta de que si Hecarim había hecho eso, entonces...
El gigantón se giró para ver perfectamente a Evelynn apuñalando a Vessaria con sus espinas tres veces antes de que la mujer cayera al suelo, al igual que su barrera. Incluso pudo verla sonreír antes de desaparecer en la oscuridad que cayó sobre todos cuando la magia se disipó en el aire. Solamente las Esferas quedaban como faro en la luz, pero entonces la Sombra de la Guerra volvió a rugir y a cargar contra ellas. Los Invocadores lanzaron sendos gritos de indignación, empuñando sus alabardas y arrojando hechizos de protección y de ataque contra el enemigo...
Sin embargo, el furioso Treant se había interpuesto a todos ellos. Lanzando un rugido espectral, Maokai golpeó el suelo con tanta fuerza que detuvo la carrera de Hecarim, antes de alzar sus brazos y atrapar a la criatura sombría con una maraña de raíces que lo selló al suelo. Numerosos pimpollos surgieron de Maokai, corriendo hacia Hecarim, agarrándolo y explotando, haciendo que las raíces se partieran, pero también buena parte de la armadura del monstruo.
Momento que aprovechó Riven para saltar por encima del Treant, empuñando su arma. Aún rota, el tajo que propinó a la Sombra de la Guerra fue suficiente como para hacerle retroceder unos pasos, lo justo para que Gragas se lanzara hacia delante, tumbándolo definitivamente contra el suelo. Por su parte, Jax había encendido su farol y estaba ordenando a varios Campeones a retirarse por las Esferas, simplemente porque había demasiados de ellos, y aunque poderosos, no sabían combatir en equipo de esa forma. Jax gruñó, molesto. ¿Dónde demonios se habían metido Graves y Fate? ¿Y Lucian? ¡El maldito Purificador hacía falta en este momento!
Los Sanadores se habían reunido en torno a Vessaria, intentando hacer algo por ella. Sangraba demasiado, sus pulmones habían sido perforados, junto a varios órganos críticos, pero estaba rodeada por criaturas capaces de obrar milagros más grandes en medio de un campo de batalla... Pero extremadamente confusas ahora mismo. Soraka fue la primera en apoyar sus manos sobre la Invocadora, transmitiéndole toda la fuerza que podía reunir, rogando a las Estrellas que olvidaran su condena lo suficiente como para restablecer la vida que se estaba perdiendo ante sus ojos... Pero algo parecía ir mal. Sus fuerzas no respondían. Taric intentó lo mismo, sin resultado. Fue Sona quien expresó lo que todos sentían.
      ¿Miedo? –dijo en un susurro. Sentía sus manos frías, su etwahl no podía sonar. Observó a Soraka, quien clamaba por las Estrellas, pero no obtenía respuesta. Sona advirtió que la voz no salía de la garganta de la Hija de las Estrellas.
      Miedo... ¿A qué? –dijo Nami, quien también sentía todo su cuerpo gritar de pavor. Hasta la última de sus escamas temblaba, a pesar de que había demostrado su valentía en numerosas ocasiones, y se había enfrentado a los horrores de los Campos en busca de... Por un momento pensó qué hacía realmente ahí, antes de que un nuevo golpe resonara en toda la sala.
El martillo impactó contra el suelo, y una decena de cuchillas y filos surgieron del suelo, empalando a Riven y a Maokai, provocando un grito de la primera y un largo rugido del segundo. Jax gruñó, y se  lanzó hacia delante, farol en mano, contra la inconfundible sombra de Mordekaiser.
      ¡Gragas! ¡Mándalos a todos fuera de aquí! ¡Si las Islas de la Sombra están atacando justo ahora, no podemos hacer mucho más! –al escuchar a su amigo, Gragas se giró, observando. Quedaban los sanadores, que se dedicaban a mirar como Vessaria se moría, quedaban Riven y Maokai empalados en diversas armas, y en su olfato olía claramente la peste de la magia por todas partes. ¡Y lo peor de todo es que estaba completamente sobrio!
El Camorrista corrió hacia los Sanadores, agarrándolos a todos con un poderoso abrazo, levantando a Vessaria en el proceso. Antes de que estos pudieran decir nada, Gragas corrió hacia la Esfera de Freljord... Hasta que sintió la puñalada en la corva, lo cual hizo que se cayera, tirando a todos los demás Campeones en el proceso. Rugiendo de ira, logró levantarse con una sola pierna, y tirar a los cinco contra la Esfera, pasándolos a todos a la vez, pero volvió a sentir cómo su otra pierna era atravesada.
      ¡Qué manía con golpear por la espalda! –ladró el Camorrista, girándose y viendo a la Hacedora de Viudas relamer sus mortales garras, cubiertas de la sangre fresca de Gragas, para luego escupir.
      He probado alcoholes mucho más suaves que esto... Asqueroso.
      ¡Te voy a hacer puré, niña! –gritó Gragas, tratando infructuosamente de ponerse de pie. Evelynn sonrió, acercándose con las garras en alto. Su sonrisa se vio cortada abruptamente cuando el filo de Riven la atravesó en un costado, para luego gritar de dolor cuando la Exiliada la alzó en vilo y la reventó contra el suelo, obligando a la criatura de la Isla de las Sombras a huir en la oscuridad. Riven gruñó de dolor, cayendo al suelo. Las heridas manaban por todas partes, pero sus ojos brillaban con la furia.
Jax golpeaba y rechazaba, esquivaba y lanzaba otro golpe... Pero si bien estaba completamente ileso, no podía dañar seriamente a Mordekaiser así. A este paso, iba a tener que... Sus pensamientos se vieron cortados de pronto cuando la oscuridad que los rodeaba a todos comenzó a moverse sola, engulléndolos en una marea oscura. Antes de perder la consciencia, el Maestro de Armas le pareció ver algo, pero su mente lo desechó de inmediato por imposible.
Le había parecido ver un cuervo mirándole fijamente.




Instituto de la Guerra – Ala Oeste
      ¡Señor! No encontramos nada aquí tampoco –Therion maldijo, llevándose una mano al rostro. La cabeza iba a estallarle en cualquier momento, y eso no podía permitírselo. A este paso, no iba a poder sostener los Ojos Rojos por mucho más tiempo.
      No es posible. Sabemos perfectamente que se reunían en el Instituto...  ¿Dónde demonios se han metido? ¡No pueden haber volatilizado sin más su lugar de reuniones!–exclamó el miembro del Concilio.
      Si nos permitís intervenir... Tenemos una sugerencia –dijo una voz vagamente familiar para Therion. Ladeando la vista, reconoció el símbolo en aquellos Invocadores, y frunció el ceño. Los Preservadores de Kassadin.
      Habla.
      Están bajo las prisiones de los monstruos que el Instituto mantiene –dijo Malek sin más. No tenía necesidad de ser misterioso ni de perder más tiempo. Las vidas de los suyos estaban en peligro, junto a todo el trabajo de su maestro.
      Imposible.
      También es imposible que alguien hiciera una grieta en el escudo del Instituto, pero está. Buscad en el centro mismo, en el pináculo del poder. Mirad con atención –instruyó Malek. Therion al principio enarcó una ceja, mirándolo. Después, dirigió su mirada hacia la cima del Instituto... Y tras unos segundos, sus labios se torcieron, volviéndose después una mueca de pura furia.
      ¡¿QUÉ ES ESTO?! –inquirió, avanzando de pronto y agarrando a Malek del cuello, levantándolo del aire con facilidad. -¡¿LO SABÍAIS Y NO DIJÍSTEIS NADA?!
      Acabamos... De verlo... Cuando la alzasteis... –dijo como pudo el Preservador. Therion rugió, tirándolo al suelo, para luego hacer aparecer un bastón en sus manos. Uno de los Invocadores lo reconoció como una de las nuevas armas de Doran. Aquella que podía convertir la energía vital del usuario en fuerza destructiva.
      ¡Invocadores, a mí! La mitad de vosotros, conmigo, la otra, se dirige al Ala Sur para investigar la explosión de antes. ¡Tenéis cinco minutos! –los que estaban más cerca del miembro del Concilio vieron claramente cómo los ojos de su líder habían perdido el halo rojizo, quedando solamente los marrones irises del hombre.
      Espero que vuestra teoría sea cierta, Malek. Os venís conmigo. Vamos a hacer esto... A la antigua usanza. Yo los sujeto, vosotros miráis –los Preservadores asintieron, cada uno empuñando las cuchillas dobles que resultaban ser el arma por excelencia de los seguidores de Kassadin.
Therion solo dejó a cuatro Invocadores a cargo de restablecer los sellos mágicos y las puertas que había destrozado de todas y cada una de las habitaciones reservadas a Campeones, para dirigirse al Ala de Contención. Su mente bullía, ahora más libre al estar desconectado de sus Ojos. Cómo los odiaba. Él era otra clase de Invocador, sus habilidades eran más directas y menos sutiles. Solamente el hecho de que disponía de mayor capacidad que Vessaria lo habían forzado a él a cumplir su juramento para con el Instituto, volviéndose el Ojo. Su corriente de pensamiento se cortó al ver a las dos docenas de Invocadores que se interponían ante él, ocupando todo el pasillo, todos vestidos con la misma ropa de cama...




Instituto de la Guerra – Ala Sur
Alistar había sido uno de los pocos Campeones que había sido informado convenientemente de lo que iba a suceder. De que había una facción de traidores en el Instituto que iba a ser purgada. De cómo mantendrían a los Campeones al margen, mientras los Invocadores trataban con todo de una forma neutral. Valoran ni siquiera sabría lo que iba a suceder antes de que todo estuviera arreglado. Que habría que romper varios sellos e invadir habitaciones, pero que no había otra solución. Y que él podía seguir a los demás Campeones, que no tenía que cumplir sus turnos.
Mientras el enésimo torso de muerto viviente y recibía otra cuchillada, sabía que su decisión era la correcta. Rugió, y golpeó el suelo, arrojando una veintena de cadáveres por todas partes, para luego cargar contra quien los dirigía. Pero Yorick simplemente movió una ola más de muertos vivientes que hicieron que el Minotauro no pudiera alcanzarlo. Alistar volvió a rugir, golpeando sin descanso.
El resto de guardas estaban ya muertos, incluso le había parecido haber ya machacado a alguno. No tenía tiempo, no tenía ocasión de lamentarlo. Si todo ese enjambre de muertos caía sobre el Instituto que se estaba ocupando de la revisión en el Ala Oeste... Podría suceder cualquier cosa.
Un puñetazo, una coz, un cabezazo. Un martillo golpeó contra su antebrazo, dejándolo algo insensible, pero al embestir al que se encontraba a su izquierda, su sangre fue bombeada lo suficiente como para recuperar las fuerzas a tiempo, agarrando al siguiente y tirándolo contra  la masa que se le venía encima.
Enemigos que no gritaban, enemigos que no hacían más ruido que al caer o al ser destrozados. No era un combate honorable, no había sido justa desde el inicio. Los atacaron por la espalda, usando la oscuridad antinatural que graznaba, la oscuridad que se adentró en el Instituto sin que Alistar pudiera detenerla. El siguiente espadazo contra su cuerpo golpeó demasiado profundo, y por un momento la bestia tuvo que detenerse.
Era el momento que los muertos estaban esperando. Se abalanzaron sobre él, tantos que cubrieron del todo al enorme Minotauro, tirándolo contra el suelo y acuchillándolo por todas partes. Los grilletes que Alistar siempre había mantenido, desde que se había escapado de Noxus, se cubrieron de su sangre. Su mirada se volvió vidriosa, mientras los muertos arrancaban su vida.
¿Es así como acabaría todo? ¿Asesinado por enemigos que no eran más que títeres? ¿Solo, en la oscuridad? Comenzó a llover con fuerza. El olor de la lluvia le llegó hasta la mente... Olía a su hogar. Como en las veces que...
Bastó ese pensamiento para que la fuerza del Minotauro volviera a sus extremidades empaladas. Un inmenso rugido, a pesar de los pulmones acuchillados, resonó de entre la montaña de muertos, sorprendiendo incluso a Yorick Mori. Los cadáveres andantes saltaron por los aires, mientras la figura del gran Minotauro, destrozada por las armas de los muertos, o sus garras, se empapaba con la fuerte lluvia. Se escuchó el primer relámpago, y después... Un trueno, casi encima de ellos.
Alistar corrió hacia las puertas abiertas, y gruñendo de dolor, soportando increíblemente todas las heridas recibidas, tomó una de las inmensas hojas y la movió, forzando los goznes con la brutalidad del impacto pero fijándola en su sitio. Cuando tomó la segunda, el Enterrador supo lo que iba a hacer, pero los Ghouls que envió contra el Minotauro fueron barridos por la media docena de rayos púrpura que cayeron al suelo, peligrosamente cerca de él.
Un largo bramido marcó la victoria personal de Alistar. En cuanto la segunda puerta se cerró, estas se iluminaron, imbuidas en el hechizo de protección. Ya no entrarían más monstruos. Los Invocadores se ocuparían de las abominaciones que habían entrado mientras él se ocupaba de los no-muertos. Lamentaba no haber podido detener a Hecarim, o a Mordekaiser, pero aquella nube oscura...
      Yorick Mori reconoce tu coraje y tu dedicación, Minotauro. También tu decisión –la voz de la criatura sonaba extraña, borrosa. Sus oídos latían con fuerza, la adrenalina corría por todas partes tan rápido como se desangraba el guerrero.
      No entrarás, ni tú ni nadie más –logró decir entre gruñidos. El ojo derecho se cubrió de sangre, obligándole a mantenerlo completamente cerrado.
      Nadie lo sabrá. Este lugar caerá, ese es el dictado de... –Yorick parpadeó, llevándose la mano que no sujetaba su pala a la cabeza. Un nuevo rayo púrpura impactó muy cerca, denotando que la tormenta mágica comenzaba a ganar la capacidad de percibir a los seres mágicos. El Enterrador volvió a parpadear, mirando a la legión de no-muertos que aún no habían sido destrozados por el Minotauro o por los rayos.
      No deben estar aquí. Nuestro destino son las Islas de la Sombra –murmuró Yorick, alzando la pala. Los cadáveres se giraron, y empezaron a andar lentamente. Alistar trató de volver a respirar, pero cada vez costaba más. Su oído volvió a funcionar, dejándole escuchar los pasos. Su ojo logró ver la forma difusa del Enterrador.
      No era tu momento. Pero ahora lo es. Nos veremos al otro lado, Alistar el Minotauro. Yo te guiaré.
Yorick alzó la pala, que se imbuyó en un aura azulada... Y de pronto, una docena de rayos cayeron sobre el Enterrador, uno tras otro. Yorick intentó dar un paso, pero no fue capaz más que de caer pesadamente al suelo. Alistar intentó volver a respirar, pero sus pulmones estaban demasiado destrozados. Sabía que el Enterrador no estaba muerto, estaba condenado a no morir, pero aún así, morir por los rayos o por la pala de Yorick no eran en absoluto sus mejores expectativas.
El olfato había caído con el fétido olor de los cadáveres. Los ojos, cubiertos de sangre y agua. El tacto, chillando de dolor continuamente. El oído comenzaba a apagarse... Y notaba claramente el sabor de la sangre en su boca. No había caído de otra forma salvo luchando, defendiendo aquello que le había protegido a él. Un favor por un favor.
Las puertas se abrieron a su espalda. Eso pudo escucharlo. Pero Alistar no podía girarse. No podía avisarles de la tormenta, que debían mantenerse dentro aún. Ni pedir perdón por no poder haber protegido a los demás. No pudo ver a los Invocadores de ojos negros, ni escuchar lo que decían. Ni siquiera llegó a sentir la andanada de hechizos, destrozando su cuerpo...



Instituto de la Guerra – Ala Norte
Ajeno a la batalla que se producía en las Esferas de Tránsito, había alguien más interesado en otra sala en aquella zona del Instituto, con un valor mucho más personal para él. Especialmente por ser el padre de todos aquellos objetos. Doran permanecía en pie, frente a las puertas cerradas de la Sala de Exposiciones. Docenas de sus nuevas obras yacían ahí, artefactos que de caer en malas manos podrían provocar un verdadero caos allá donde fuesen. No obstante el Maestro Forjador no había llegado ahí con las manos vacías... Sabía muy bien sus limitaciones, y cómo sus artefactos lo destruirían si los usaba, pero no todos. Por no hablar de las lecciones que había aprendido del Xeniam con respecto a la defensa personal. Un solo golpe le había arrancado decenas de años de vida, no permitiría volver a quedar en la misma situación.
El primer golpe no le sorprendió; mucho estaban tardando. Primero fue un golpe sordo contra la robusta y sellada puerta, lo siguiente fue un potente hechizo, que tampoco fue capaz de atravesar el pórtico. Pero Doran sabía que era cuestión de tiempo. Nunca había visto un ataque a tal escala en el Instituto de la Guerra, pero estaba seguro de una cosa. Por su vida, no debía dejar que uno solo de sus artefactos cayera en malas manos.
El humano permaneció en pie, empuñando la espada y el escudo. Muchos reconocían aquellas armas... Eran las obras menores que Doran había estado forjando sin descanso en todos sus años con la mente dormida. Extrañamente, eran el par de armas con las que más cómodo se sentía, pero no dependía solo de algo así. No, no buscaba cortar y despedazar a su enemigo, sino permanecer a salvo. De ahí que portase la Armadura de Warmog. Ventajas de trabajar en el Arcanum Majoris, sin duda. Ya podía sentir claramente los beneficios de la armadura, muchísimo más ligera de lo que uno esperaría, pero mantenía su vitalidad en todo momento. Lo cual le permitiría soportar el uso combinado del Velo del Hada de la Muerte que portaba en el cuello. La versión que se cedía a los Invocadores permitía ser inmune al primer hechizo nocivo... El Velo real tenía ese nombre porque arrancaba fuerza vital para hacerte inmune a cualquier magia. De ahí la necesidad de poseer a Warmog. Y bajo esta, el Rostro Espiritual que lo protegía aún más de hechizos mágicos adversos. Finalmente llevaba las Botas de Mercurio, uno de los objetos más utilizados y famosos en la Liga por su potencial.
Doran suspiró levemente. Él no era un guerrero, solo era un mero orfebre. Cuando un nuevo estallido hizo temblar, esta vez sí, la puerta, Doran observó el anillo que llevaba en su mano izquierda, y dejó escapar el aire de sus pulmones, tranquilizándose. El Xeniam no solo le había explicado técnicas de combate, sino que le había cedido una pequeña parte de su don del Fuego. Lo cual incluía algunos efectos curiosos, unidos con sus armas...
En cuanto el portón cayó, destrozado por la andanada de hechizos, Doran se puso en marcha, cargando hacia delante. Entrando a la sala, lo que parecía una docena de Invocadores con ojos negros que emanaban una sensación más que desagradable... Y que ya le atacaban. Doran rodó por el suelo a un lado, esquivando la primera andanada, sin utilizar el escudo. Los dos hechizos que le alcanzaron solo se rompieron en el aire, pero el Velo comenzó a reclamar su pago. Doran quedó medio instante quieto, mientras Warmog le proveía de nuevo de la vida perdida, permitiéndole continuar. Si llegaba a los Invocadores...



 Minutos después, el Artesano jadeaba, apoyado en uno de los estantes, tratando infructuosamente de recuperar el aliento. Su espada estaba embadurnada en la sangre derramada, pero no paraban de venir más y más Invocadores corruptos. Ya había sido obligado a quitarse el Velo, puesto que no había forma de soportar la brutal andanada de hechizos con él y moverse al mismo tiempo. Comenzaba a plantearse el apostar sus fuerzas y tomar uno de sus artefactos, cuando escuchó un brutal chasquido, seguido de una docena de cuerpos cayendo al suelo. Doran ladeó la cabeza, observando, y lo que vio lo dejó boquiabierto.
Un alto Invocador renqueaba, entrando a la sala. Su toga estaba rajada y destrozada por todas partes, apenas manteniéndose completa por unas pocas tiras de seda. No había rastro alguno de guantes o de botas, caminaba descalzo entre los cuerpos. La magia aún ardía de sus manos, mientras observaba los cadáveres de quienes había tenido que matar, para luego verificar que los artefactos habían quedado ilesos. Pero más inquietante que eso era ver cómo la sangre corría con fuerza por el rostro del Invocador.
Tal vez Ansirem estuviera vivo, pero había perdido prácticamente todo el lado izquierdo de la cara. Un vacío donde debía haber un ojo, una oreja rebanada, piel quemada... Sin embargo, el otro ojo del Árbitro brillaba con un destello rojo que igualaba al más potente de los rubíes. El Ojo Rojo del Concilio, uno de los hechizos más complejos del Instituto de la Guerra. Con él observaba a Doran, este podía sentirlo por todas partes.
      Rogaría me permitierais portar vuestra armadura, Doran. Me temo que la necesito mucho más... –logró decir con la voz ronca y pastosa, intentando infructuosamente sonreír. Matar a sangre fría a compañeros no era algo común en absoluto, pero esa noche... La sangre no sería algo que olvidase fácilmente.
      Cla-claro. Pero... ¿Qué os ha pasado? –preguntó el Artesano, desatando la armadura mágica de encima, pero mirando a la entrada a cada poco. Le tendió el artefacto al Árbitro que se apresuró en colocarse, sintiendo cómo sus casi vacías fuerzas comenzaban a volver lentamente.
      Traición. Como a todos los demás. Todos los muertos de hoy son por culpa de Traición... Y por mi orgullo y mi obligación, juro que van a pagar por lo que han hecho. Decidme, Doran. El artefacto legendario, el Ángel de la Guarda. ¿Podría...? –Doran negó levemente.
      Tiempo ha que el original desapareció. Lo que quedan son las réplicas adaptadas para Invocadores. Junto a otros objetos peligrosos. Por eso quise estar aquí. El Arcanum está completamente sellado –la salud volvía al Árbitro a ojos vista, que sentía la vibración de la magia actuar sobre él, salvándole de estar en estado crítico, pero Warmog no podía devolverle las extremidades perdidas.
      ¿Estáis seguro de ello? Hemos sido atacados, tal vez... –no era la situación pero Doran se permitió sonreír brevemente.
      Llevo un tiempo preparando mis propias defensas con el apoyo del Xeniam y sus consejos. Creedme, solo encontraremos un montón de polvo delante de la puerta –ante la mención, el rostro de Ansirem se ensombreció levemente, y miró hacia el suelo un instante.
      Alistar, el Minotauro, ha sufrido ese mismo destino. Apenas quedan restos de él en el Ala Sur. Te pido que prepares algo a tal fin, Doran.




Instituto de la Guerra – Sala del Concilio
La Tormenta Mágica aún azotaba los exteriores del Instituto de la Guerra, pero dentro la situación había llegado por fin a una cierta paz. Al augurio de la oscuridad y el peligro de la magia desatada, los invasores habían huido, llevándose consigo a casi dos centenares de Invocadores con ellos. Las bajas físicas habían sido cuantiosas, mucho más que las materiales, y con un peso emocional mucho mayor. Y sin embargo, Therion no podía permitirse el lujo de sentir pena por la caída de Alistar junto a tantos otros Invocadores. La furia y el cansancio dominaban su cuerpo a partes iguales, junto al dolor que había supuesto usar el artefacto de Doran.
No habrían encontrado nada de no ser porque una Invocadora entró a los restos de la Cámara de Fiddlesticks, y cuando Therion se hallaba ocupado sometiendo a Cho’gath el tiempo suficiente como para que el resto de Invocadores analizara su celda, había provocado suficientes daños estructurales como para que el suelo se rompiera bajo los pies de la Invocadora, revelando finalmente la sala secreta... Pero evidentemente vacía. Había que estar loco, o ser un genio, para construir un refugio secreto justo debajo de los seres más terribles de toda Runaterra... Pero de cualquier manera, no habían encontrado nada interesante dentro, solo unas grandes salas con múltiples habitaciones, todas convenientemente vaciadas de cualquier elemento que contuvieran.
Para colmo de males, estaba el asunto con Ansirem. Therion lo había enviado a analizar datos de las Esferas Principales, y volvía tuerto y desfigurado. Lo veía claramente, portando la Armadura de Warmog y teniendo a Doran de apoyo. En la sala también se encontraba Malek, y algunos de los Altos Invocadores que habían sobrevivido al ataque.
      Informadme de todo... Sed claros, pero no escatiméis detalles importantes –dijo finalmente el miembro del Concilio, llevándose una mano a la sien. Notaba claramente como la piel de su mano estaba rajada y destrozada bajo su guante, pero no le dio importancia. Eso vendría después. Ansirem se adelantó, hablando con pesadez, mirando fijamente a su superior con su único ojo, ahora de un color grisáceo.
      Ala Sur. Twisted Fate y Malcolm Graves en paradero desconocido tras provocar un altercado en una biblioteca. No hemos encontrado cadáveres a pesar de tener testigos presenciales. Tras desaparecer, comenzó todo el caos que hemos vivido en las últimas horas, ignoramos si a consecuencia. Alistar, junto a toda la guardia de la Puerta Sur, cayeron en combate defendiéndonos de lo que parecía ser una marea de no-muertos, dirigidos por Yorick Mori, desde el Pantano –Therion gruñó, masajeándose la sien. Aquello no era nada, nada bueno... Uno de los Invocadores se adelantó, pidiendo permiso a Ansirem para hablar.
      En el Ala Oeste no ha pasado nada más que no sepáis. Se abrieron todas y cada una de las habitaciones de los Campeones en busca del cuartel del enemigo, que se localizó finalmente bajo los restos de la Cámara de Fiddlesticks, completamente vacía. No hemos encontrado información alguna en ella.
      Proseguid –dijo el Invocador sentado, aceptando que su cabeza solo le iba a doler más y más y abandonando la idea de que podría hacer algo masajeándose la cabeza.
      En todas las Salas de Curación del Instituto, todos aquellos afectados por Nocturne y Fiddlesticks se incorporaron a la vez, aparentemente guiados. Asesinaron a docenas de los nuestros y huyeron junto al enemigo. Con respecto a esto creo que Ansirem tiene una información que concuerda, si no le entendí mal antes... –dijo el tal Artamis, mirándolo. Ansirem simplemente extrajo una daga de su toga y la arrojó encima de la mesa. Therion abrió los ojos ampliamente, reconociéndola al instante.
      Es el mismo tipo de daga que la que se usó para matar a Ashe.
      Shaco trató de usarla conmigo. Luchando con él, recibí todas estas heridas. No tengo claro si escapó o lo maté, se hizo invisible a mis ojos... –dijo Ansirem pesadamente. La cuchilla de Shaco había hecho horrores en su piel, si bien el ojo lo había perdido al tratar de huir, pasando cerca de una de las malditas cajas trampa del Bufón Siniestro. Solo de milagro había sobrevivido a aquello, gracias a que al final, había entendido que tenía que demostrar la carta que más celo guardaba el Árbitro. Therion lo miraba profundamente, comprendiendo.
      En el Ala Norte hubo una gran batalla entre seres de las Islas de la Sombra y varios Campeones aliados. Jax, Gragas, Riven y Maokai se encuentran en estado crítico. No hemos podido contactar con la Miembro del Concilio Vessaria personalmente, pero se encuentra en Avarosa, en coma. Soraka nos asegura que sobrevivirá pero que necesita tiempo. Una de las Esferas de Tránsito fue destruida cuando los invasores huyeron por ella. Nuestros testigos cuentan como atacantes a Hecarim, Mordekaiser, y Evelynn.
      Queda claro que las Islas de la Sombra pasan a formar parte de los enemigos de la Liga de Leyendas... ¿Qué más? ¿Qué hay de la situación de Valoran?
      Una tormenta mágica mantiene aisladas tanto Jonia como Aguas Estancadas, y el clima en Runaterra se va a transformar en un crudo invierno en los próximos días. Esto provocará que una nueva tempestad glacial aisle Freljord, por lo que asumimos que no podremos traer a Vessaria hasta entonces. Demacia, Noxus, Piltover, Ciudad Bandle y Zaun no han reportado novedades.
      Así sea... Llamad a todos los Campeones e Invocadores fieles. Si han huído, los deberemos rastrear, pero de cualquier manera, hay que purgarlos de este mundo –la voz de Therion sonaba cada vez más agotada, pero su mirada era inflexible. Pocas normas sin quebrantar habían quedado tras esa noche en el Código, y solo había una pena posible para tanta destrucción y muerte.
      Con respecto a Ashram... –empezó Ansirem, antes de que el miembro del Concilio lo cortara abruptamente.
      En otro momento. Que comiencen las Invocaciones.

Unas horas después, los primeros Invocadores volvían a su hogar, sorprendiéndose a ver el desastre en el que se había convertido la Sala de las Esferas. Las paredes estaban llenas de impactos de cuchillas, el suelo estaba completamente destrozado por cascos, botas de acero y lo que parecían pisotones de Treant. Un colosal tajo cortaba una sección de la Sala, mientras un aluvión de cientos de armas había perforado otra pared, revelando lo que parecía la figura de Gragas contra esta. El combate había sido brutal... Pero no era algo imposible de reparar, y menos por la mano de los Arquitectos del Instituto. Cuando el primero de estos observó el estado de la sala, gruñó, poniéndose manos a la obra. Terminaría en horas con todo aquello. Tal vez fuera demasiado mayor para pelear, pero no para hacer las reparaciones.




Tierras de los Yordles – Camino Principal
Los tres Campeones que permanecían en pie observaron por un momento la angosta entrada entre las montañas que daba acceso a Ciudad Bandle, un acceso ciertamente inquietante, a pesar de que el camino parecía cuidado y atendido, con el tamaño suficiente como para que los pequeños carromatos de los Yordles entraran con facilidad, aunque todos sabían que la principal ruta de transporte para aquellas pequeñas criaturas era mediante el mar. Un gruñido de dolor sacó de su ensoñación a los tres, viendo que a su lado quedaba el cuerpo del Xeniam cubierto de lo que parecía un hielo negro en sus heridas. Kassadin se agachó, preocupado, mientras extraía su filo mágico.
      Como temía, el Segador no debía haber atravesado el Vacío en ese estado. Ayudadme, tenéis que arrancar todo eso –dijo, señalando la costa negra que rodeaba prácticamente toda la piel del Xeniam. Kassadin no dudó, cortando con su filo, provocando que la sangre volviera a manar libremente al suelo, por lo que el potente olor de la sangre derramada impactó al Purificador y a Kayle.
      ¿No lo vas a matar si haces eso, Kassadin? –preguntó Lucian, aún confuso. Kayle por otro lado estaba comenzando a desenvainar su arma en silencio.
      El Segador no ha despertado porque estas partículas del Vacío están consumiéndolo, hay que arrancarlas para que su magia lo cure. Podría drenarlas, a mí no me afectan, pero no está suficientemente fuerte –explicó el Caminante, un instante antes de que Kayle conjurara su fuerza sobre su espada, que comenzó a arder, y atravesara al Xeniam con ella, provocando que este se retorciera de dolor mientras las llamas blanquecinas comenzaban a devorar y consumir el cuerpo del asesino. Antes de que Kassadin pudiera siquiera decir nada, vio como las partículas de vacío eran consumidas sin que la carne y la sangre lo hicieran.
      Una vez me enseñó que su fuego no puede matarme, y el mío tampoco a él. Aparentemente surgen de la misma fuente... Así que pensé que también lo curaría. Pero parece que no de forma tan efectiva... –murmuró la férrea mujer, convocando más y más llamas, pues el cuerpo del Xeniam continuaba devorándolas sin cesar, utilizando su energía para arrancar los pedazos de Vacío que seguían drenándole. Lucian frunció el ceño, extrayendo un arma de su cinturón y observando su alrededor.
      Los Yordles tienen un alto conocimiento de lo que suceden en sus fronteras. Esperaría una visita pronto... Y no necesariamente amigable, dado lo imprevisto de... –la voz de Lucian murió cuando observó un par de ojos mirándole enfrente suya dentro de la maleza, para luego ver una sonrisita. Un Yordle surgió de ahí, llevando una larga cerbatana en sus manos, un casco de explorador y una mochila bastante cargada. El Purificador bajó el arma, al reconocer al Explorador Veloz. No es que le hubiera servido de mucho, si estaba tan cerca, previsiblemente Teemo habría llenado su alrededor con trampas o venenos.
      ¡Hola! Me han encargado escoltar a quien tenemos que probar hasta Ciudad Bandle, y ver si sobrevive a los juegos de los Yordles... ¿Quién es el afortunado? –comentó como si nada, provocando que incluso Kayle enarcara una ceja. Abrió la boca para responder, pero de pronto, sintió una potente energía que la rodeaba por todas partes. Una energía más que conocida, pero no por ello apreciada.
   Espera... ¿Ahora? ¿Nos vamos justo al...? –dijo la Justiciera, antes de percatarse de que solamente Lucian, Kassadin y ella estaban envueltos en el aura. Teemo la observaba curioso, mientras Akran aún estaba tirado en el suelo.
      Parece que hay otras prioridades... Y la magia de Invocación no funciona con él. Saben lo que están haciendo... –murmuró Kassadin, su tono aún más sombrío que de costumbre.
   ¡Pero ahora no! –instó Kayle, justo antes de desaparecer en un haz de luz, junto a los otros tres Campeones. El filo de la Justiciera desapareció, dejando una herida abierta al Xeniam, aún notablemente herido, pero al menos consciente. Con esfuerzo, se incorporó y comenzó a arder con sus propias llamas, hecho que aparentemente no sorprendió a Teemo. Quien de hecho no se había sorprendido con nada de lo que había visto.
      ¿Entiendo que debo guiarte a ti? –preguntó jovial, ignorando el hecho de que Akran, libre de su capucha, tenía una expresión de verdadero mal humor en el rostro. Avanzando unos pasos con dificultad, invocó su arma, que se transformó en un báculo para andar.
   Si... –logró decir con una voz ronca y pastosa, volviendo a cubrirse la cabeza con pesadez y siguiendo al Yordle, que al instante se había girado y comenzaba a correr a paso ligero, forzando pronto al Xeniam a acelerar su paso.
Teemo no entendía por qué le habían ordenado preparar el veneno más doloroso para matar al Xeniam, para luego ordenarle custodiarle y llevarle sano y sano hasta Bandle para que pasara las pruebas. Suponía que los Exploradores habían optado por algo más impresionante o elaborado que un simple disparo en la maleza. Pero de cualquier manera, Teemo no juzgaba las órdenes, solamente las acataba. Y si debía dirigir a un enemigo de Ciudad Bandle a su corazón, así lo haría, puesto que las órdenes se debían cumplir. Su sonrisita no moría, en tanto aceleraba más el paso. ¡Tenía ganas de volver a casa tras estar cuatro días esperando sin moverse!



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